Artículo de Jorge Villarroya Greschuhna, presidente de la Fundación Basilio Paraíso y de la Cámara de Comercio, Industria y Servicios de Zaragoza, publicado en Heraldo de Aragón el 2 de julio
Europa necesita inmigración, pero una parte creciente de sus ciudadanos percibe que la integración está fracasando. La preocupación por este tema no puede abordarse únicamente desde la economía o la seguridad. Es también una cuestión moral, cultural y cívica.
Las imágenes de los disturbios de Dublín recorrieron Europa como una señal de alarma. Vehículos incendiados, enfrentamientos con la Policía y una profunda fractura social pusieron de manifiesto que la cuestión migratoria ha dejado de ser un fenómeno periférico para convertirse en uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. Lo ocurrido en la capital irlandesa no fue únicamente la reacción a un episodio concreto. Fue la expresión visible de una inquietud que recorre buena parte del continente y que enfrenta dos realidades difíciles de conciliar: Europa necesita inmigración, pero una parte creciente de sus ciudadanos percibe que la integración está fracasando.
La realidad demográfica es incontestable. Europa envejece aceleradamente. La natalidad se encuentra en mínimos históricos y la población activa disminuye año tras año. Sectores fundamentales para la economía, como la agricultura, la construcción, la hostelería, la industria o los servicios de atención a las personas, dependen cada vez más de trabajadores procedentes de otros países. Sin inmigración será extraordinariamente difícil mantener el crecimiento económico, sostener los sistemas de bienestar y garantizar el relevo generacional que nuestras economías necesitan.
Sin embargo, esta necesidad objetiva convive con una percepción social mucho más compleja. Muchos europeos consideran que los inmigrantes son imprescindibles para el funcionamiento de la economía, pero al mismo tiempo los perciben como un factor de tensión cultural, competencia laboral o presión sobre los servicios públicos. De esa contradicción surge una sensación de inseguridad que alimenta el rechazo y favorece el crecimiento de las opciones políticas más radicales.
Sería un error simplificar este fenómeno atribuyéndolo exclusivamente a la xenofobia o al miedo al diferente. La realidad es bastante más profunda. Durante décadas, muchos gobiernos europeos confiaron en que la integración surgiría de forma espontánea. Se pensó que bastaba con abrir las puertas del mercado laboral para que la convivencia terminara consolidándose por sí sola. Los hechos han demostrado que no era tan sencillo.
La integración exige esfuerzo por ambas partes. Los inmigrantes tienen derechos que deben ser protegidos y garantizados, pero también tienen deberes. Integrarse significa respetar las leyes, conocer la lengua del país de acogida, asumir los principios democráticos y participar activamente en la vida social de la comunidad que ofrece nuevas oportunidades. Sin integración no existe convivencia duradera. Y cuando la integración fracasa, aparecen el aislamiento, la desconfianza y el conflicto.
Al mismo tiempo, tampoco puede ignorarse el malestar de muchos ciudadanos europeos que sienten que sus propias dificultades reciben menos atención que las de determinados colectivos recién llegados. Más allá de que esa percepción sea siempre justa o exacta, cons
tituye una realidad política que no puede despreciarse. Cuando amplios sectores de la población consideran que sus problemas de vivienda, empleo o acceso a determinados servicios no son escuchados, la frustración termina convirtiéndose en desafección hacia las instituciones democráticas.
La creación de guetos representa probablemente el mayor fracaso posible. Concentrar comunidades enteras en barrios segregados, con escasas oportunidades de movilidad social y débiles vínculos con el resto de la sociedad, solo multiplica los problemas futuros. Francia constituye una advertencia que Europa debería observar con atención. Décadas de integración insuficiente han generado tensiones recurrentes que siguen condicionando la vida política y social del país. No es casualidad que la inmigración se haya convertido en uno de los asuntos centrales del debate político francés ni que muchos analistas consideren que las elecciones presidenciales de 2027 estarán marcadas por esta cuestión.
La preocupación por la inmigración no puede abordarse únicamente desde la economía o la seguridad. Es también una cuestión moral, cultural y civilizatoria. El papa León XIV ha defendido la necesidad de compatibilizar la acogida con la responsabilidad, la solidaridad con el respeto a las normas y la dignidad humana con la preservación de la cohesión social. Ninguna sociedad puede prosperar sin humanidad, pero tampoco sin un marco común de convivencia.
Esta reflexión conecta con una larga tradición intelectual europea. Albert Camus sostenía que la libertad solo puede sostenerse sobre la responsabilidad. Una idea especialmente pertinente en una Europa que busca integrar a millones de personas procedentes de culturas y tradiciones diferentes sin renunciar a los principios que sustentan sus democracias.
Por su parte, el sociólogo Ralf Dahrendorf advertía que las sociedades abiertas solo sobreviven cuando existe un consenso básico sobre las reglas del juego. La diversidad puede enriquecer extraordinariamente una comunidad, pero únicamente cuando se desarrolla dentro de un marco compartido de derechos, deberes y lealtades cívicas.
Europa necesita inmigración. Esa es una realidad demográfica y económica difícilmente discutible. Pero necesita todavía más una integración eficaz que fortalezca la cohesión social, evite la aparición de sociedades paralelas y preserve la confianza de los ciudadanos en sus instituciones. Porque cuando esa confianza desaparece, prosperan los extremismos y se erosionan los consensos que durante décadas han garantizado la estabilidad, la libertad y la prosperidad del continente.
Europa necesita trabajadores, pero sobre todo necesita confianza. Confianza en sus valores, en sus instituciones y en su capacidad para integrar a quienes llegan sin fracturar la convivencia de quienes ya estaban. La inmigración no es únicamente una cuestión de fronteras. Es una prueba de madurez para nuestras democracias.
Dentro de unas décadas, nadie recordará las cifras de inmigración de estos años. Lo que sí recordarán nuestros hijos y nuestros nietos será si fuimos capaces de seguir viviendo juntos. Porque el gran reto de Europa no es decidir quién entra. El gran reto es no perder aquello que nos permitió convivir. Y precisamente esa es la Europa que hoy está en juego.